PESADOS DE VERÁN




"Los pelmas son como las moscas, existen todo el año pero en verano se vuelven realmente insufribles. Yo no sé si será la confraternización, o tal vez la flaca o simplemente el calor, pero lo cierto es que en el estío (que diría un cursi) nuestras vidas se llenan de pelmazos.
Yo los tengo bastante catalogados y paso a hacerle a ustedes un muestrario para que se anden con ojo y al menor atisbo de uno pongan pies en polvorosa. Existe, en primer término, el plasta veraniego por excelencia, el más clásico, el prototípico, el que podríamos llamar el pelma-lapa. Este es el que, cuando uno llega a una playa solitaria y se instala en la más remota de las dunas allá en las Quimbambas, el pesado de marras, que tiene toooda la playa para elegir, planta sombrilla a medio metro y se pone a jugar a la pelotita ante nuestras narices.

Luego está el plasta informativo. El plasta informativo es ese que siempre está dando el parte de cosas que a uno le importan una higa. ¿Te has enterado?¿Ah, pero no te lo han contado todavía? Pues es que mi primo ha pescado un pulpo así de grande, lo menos mide un metro, ni te imaginas ¡es algo increíble! Ahora está pensando en prepararlo a la gallega ¿tú sabes como se hace el pulpo a la gallega? (en este momento es menester darse el piro porque sino el plasta informativo pasa a explicar con todo lujo de desagradables detalles cómo se prepara el pulpo a la gallega).

Otro plasta para mí más agotador es el I know best, es decir, el yo-lo-sé todo. Este modelo de coñazo es el que siempre lo hace todo mejor que uno. Y da igual que se hable de comida, de coches, de cónyuges o de hoteles. Su paella siempre es más rica, su buga más aerodinámico, su Jose Mari o su Mari Jose mucho más enrollado/a ¿y su hotel? Uy, tú eres un pringao, chico, mira que pagar 300 eurazos por esa birria. Mi Mari Jose y yo tenemos una junior suite con jaccuzzi terraza privada y vistas al golf por 100 pavos y encima nos dan pases gratis para el spa.

Si sobrevive uno a todos estos pelmas antes mencionados sin armar el petate y volverse a la ciudad a toda milk, aún puede tener la mala fortuna de topar con otro pelmazo inconmensurable. Me refiero al plasta-pincha globos. Ese al que le chifla arruinarle a uno cualquier placer, cualquier plan. Si se nos ocurre comentar, por ejemplo, que al día siguiente vamos a ir de excursión a la montaña con la familia, va el pincha-globos y dice: ¿A la montaña? Chico, pero a quién se le ocurre ¿No sabes lo qué le pasó a los Martínez? A la niña, sí, a la pequeña de cuatro años le picó un alacrán y acabó en la UCI. A continuación pasa a contar una historia para no dormir en la que glosa todos los peligros y acechanzas de la susodicha montaña y cuando acaba, nuestra familia dice que a la montaña va a ir su tía la de Burgos.

Pero no acaba ahí el catálogo de pelmazos veraniegos que uno puede encontrar ya sea en el mar, la montaña, el spa, la aldea, el yate de veinte metros o cualquier otro lugar en el que uno tenga a bien vacacionar. Según las circunstancias de cada persona, puede uno ser atacado por estos otros plastas integrales: el ligón indesmayable -¿qué tal princesa? Sí, soy yo otra vez-, el amigo no deseado, el plasta fantasmón que cuenta mil y una batallas. Y el que le da por hacer de pinchadiscos a las cuatro de la mañana. Y el borracho del quinto o el niño que llora; y el tipo que ahuma con la barbacoa y el que aparca bloqueando la salida del garaje y...y...y tantos pesados, coñazos, plastas, plomos, pelmazos y cataplasmas que (casi) le hacen a uno desear que por fin llegue ¡oh, Dios mío! septiembre.
Carmen Posadas

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